
En el universo abundan un sinfin de entidades, inalcanzables y factibles. Lejanas como la luna o endebles como el agua. Pero ninguna es como tu canto, porque soñando, siento encontrarlo y y viviendo, siento perderlo.
Mis manos se desvanecen cuando anhelan acariciarlo, y mi voz se quiebra cuando la melodía se aleja.
Encerrada en este cuarto blanquecino, tras las cortinas claras que confinan toda luz, descubro la sentecia de morir a eje de un recuerdo agonizante.
Es una oscuridad intransigente, despiadada, pero aún me apodera la claridad de tu sonrisa.
Tu sonrisa que me aturde, pues es mi mente se dibuja grandiosa, con su borde excelso y dulce.
Pero no he de caer, lo que se filtraba, eran lazos opacos y la noche iluminó la habitación con su ceniza irradiando su luna depurada.
Y los campos que ahora son parcelas de esperanza, se quebraron en tu espejo, pues, no necesito del fuego para verte, has nacido en la riqueza de un amor garantizado y has muerto habiéndolo concretado.