
Es imposible refutar todo hecho histórico y fehaciente cuando está equívocamente demostrado o prescripto. Pero se me permite escribir, y no se trata de cuestionar u objetar las consecuencias que dicho ejercicio puede causarme. Por eso simplemente lo hago, a su vez, remitiéndome a las posibles invectivas en mi contra, que puedan advertirme de algún defecto.
Mientras tanto, reflexiono:
¿Cómo es posible, entonces, impugnar que entre emblemáticas civilizaciones no haya existido una disposición sistemática del conocimiento, la erudición, la cultura y la permanencia inamovible de la filosofía?
Nos han abordado innumerables suposiciones acerca de la posible realidad acentuada por el riguroso predominio de aquellos tan hábiles y persistentes itinerarios, núcleos de sabiduría y de arte proveniente de las mentes más brillantes.
Mentes brillantes que, aparentemente, ardieron en la hoguera encendida por el impulso de discernimientos insensatos e imprudentes.
¿Cómo es posible, entonces, que una simple reacción impensada haya deslindado el fin de la recopilación inextricable de cientos de miles de libros, cuyo origen ni siquiera puede definirse con completa precisión?
Permítame Ptolomeo, pues no difiero de sus capacidades ni sus disposiciones, ya que, justamente me refiero a su emblemática figura, indisputable de su milenaria construcción. Tal vez cubierta por una incorrecta resolución, ya que indiscutiblemente un libro no representa más que la inocencia y la simplicidad del algún sitio excluido en nuestra mente.
¿Habrá existido entonces? ¿Habrá flameado el templo de esos dioses indulgentes de expresión?
¿Habrá Julio César eliminado con su injusta invasión el tribunal paradójico y razonable que reúne aquellas imprecaciones inofensivas que atropellan el asombro de nuestro entendimiento?
Sepan que fue creado, y que aún sobrevive, en algún paraje indeterminado, aquel edificio insólito, promotor del saber entre los años y predecesor de alguna cultura común entre los hombres, y a su vez, depositario de una sospecha que socava nuestra razón: su existencia.
Mientras tanto, reflexiono:
¿Cómo es posible, entonces, impugnar que entre emblemáticas civilizaciones no haya existido una disposición sistemática del conocimiento, la erudición, la cultura y la permanencia inamovible de la filosofía?
Nos han abordado innumerables suposiciones acerca de la posible realidad acentuada por el riguroso predominio de aquellos tan hábiles y persistentes itinerarios, núcleos de sabiduría y de arte proveniente de las mentes más brillantes.
Mentes brillantes que, aparentemente, ardieron en la hoguera encendida por el impulso de discernimientos insensatos e imprudentes.
¿Cómo es posible, entonces, que una simple reacción impensada haya deslindado el fin de la recopilación inextricable de cientos de miles de libros, cuyo origen ni siquiera puede definirse con completa precisión?
Permítame Ptolomeo, pues no difiero de sus capacidades ni sus disposiciones, ya que, justamente me refiero a su emblemática figura, indisputable de su milenaria construcción. Tal vez cubierta por una incorrecta resolución, ya que indiscutiblemente un libro no representa más que la inocencia y la simplicidad del algún sitio excluido en nuestra mente.
¿Habrá existido entonces? ¿Habrá flameado el templo de esos dioses indulgentes de expresión?
¿Habrá Julio César eliminado con su injusta invasión el tribunal paradójico y razonable que reúne aquellas imprecaciones inofensivas que atropellan el asombro de nuestro entendimiento?
Sepan que fue creado, y que aún sobrevive, en algún paraje indeterminado, aquel edificio insólito, promotor del saber entre los años y predecesor de alguna cultura común entre los hombres, y a su vez, depositario de una sospecha que socava nuestra razón: su existencia.