Érase un cielo iridiscente, colmado de llamas abrasadoras, espejismo de un infierno, cuyo Belcebú era un artista.
En la oscura y vítrea noche, un perfil se asomaba. Recortado por la luna, dibujado por la magia. Estentóreos ecos de aquella noche herían al silencio. Su mirada misteriosa recorría, como una brújula frenética, los rincones de su rostro. Tales rasgos, alborotados y esmaltados, casi imperceptibles, perturbaban sus sentidos.
Pero aún estaban sus ojos, desconocidos, que se hallaban ocultos, naufragando en ese círculo de estrellas, escapando de la atención, ansiosa por capturar su alma. Alma de esos ojos descreídos, lejanos a la realidad. Espejos de un bosque tormentoso, de hierba húmeda y raída. Lluvia acorralada en dos perfectas circunferencias.
Y entonces, ella por fin vio sus ojos. Y sus ojos fueron la mitad del mundo. Sus ojos fueron el infinito. En ellos se vio reflejada alguna vez y para siempre.